Valientes

domingo, 18 de febrero de 2018

SIEMPRE TARDE


Tarde. Siempre tarde. Da igual lo pronto que me levante, el tiempo que esté preparando las cosas para ser puntual, por muchos plannings que me haga (y no cumpla), y por mil agendas o recordatorios que pueda tener por toda la casa, no importa, nunca llego a la hora. Quizás sea una desastre y no tenga remedio. Quizás no esté lista para llegar a tiempo. Quizás lo mío sea llegar a nada. 
Lo mismo pasó contigo, también llegué tarde a ti. No supe volver cuando debía, y cuando lo hice, fue tarde. Siempre tarde. 
Llegué impuntual a tu amor, me perdí el instante en el que sonreíste, desaparecí cuando más cerca te tenía, olvidé ir cinco minutos antes a por ti cuando me necesitabas, no supe ponerme la alarma media hora antes de que te fueses (para siempre). Y fue así como vi la forma en que se desvanecieron tus "te quiero" al llegar y cómo éstos se marchaban contigo, sin mí.
Cansado de esperarme, creyendo que estaría a tiempo, que por una vez sabría dónde tenía que estar y te salvaría. Esperando a que no hiciese falta que yo fuese puntual porque yo nunca me habría ido. 

Y no lo hice. Y me fui. Y no llegué a tiempo. 




martes, 13 de febrero de 2018

- PERDERSE PARA ENCONTRARSE -

Voy y vengo. A veces blanco y otras negro, nunca gris. Arriba y abajo. Dentro y fuera. Y podría seguir llenando estas letras de antónimos, y aún así sabría a poco. Posiblemente los contrastes, las idas y venidas, y los continuos cambios han sido lo que han marcado mi vida estos últimos dos años y medio. Y aunque no se hayan extinguido, he aprendido a controlarlos (o al menos eso creo). 

Sólo aquellos que no sabían ni dónde estaban, que vivían por vivir, y se levantaban cada mañana por pura rutina, sin sueños, sin esperanza, viendo la peor cara de la vida, sólo aquellos sabrán de lo que hablo. Es esa sensación de creer haber tocado fondo y darte cuenta de que siempre hay un escalón más abajo, que nunca estás en lo más hondo, sino que puedes caer más y que estás cayendo, y nadie puede frenarlo (sólo tú).

Todos tenemos un límite, y cuando llegamos sólo hay dos opciones obvias: rendirnos o seguir. Durante mucho tiempo yo fui de las que me rendí y me resigné a seguir, todo se me iba de las manos y la impotencia de no poder hacer nada me consumió; y viví por vivir, porque era lo que debía. Seguí con la vida porque era lo que tenía que hacer. Mi vida se basaba en "hacer las cosas porque debes", pero nunca porque quería, seguramente porque lo que yo quería jamás iba a poderlo tener de nuevo. Y así fue. Dejé de sentirme viva, de vivir por mí, de escribir, de tener sueños, de sonreír, de disfrutar de mi recién mayoría de edad. Tiré la toalla Y no sabría decir si me arrepiento o no; quizás si no lo hubiese vivido ahora no estaría aquí escribiendo esto, o quizás estaría aquí hace mucho, no lo sé. Esta es la realidad y así la cuento. 

Sientes que te ahogas, como si alguien o algo estuviese presionando tu pecho bien fuerte, sin dejarte respirar, sin poder moverte, dejando que poco a poco tengas menos fuerzas para luchar, hasta que no puedes más. Así me sentía yo. Y no sabía como conseguir que ese sentimiento cesase. Pero un día se fue. Aprendí a controlar el dolor, a controlar mis emociones, dejar de banda el constante sentimiento de culpa, comprendí que era lo que no debía hacer y por lo que quería seguir adelante. Y lo logré.

Me sentí estúpida por no haber tenido este punto de vista antes; pero había llegado, y todo lo que había vivido y sentido hasta ese momento fue lo que me hizo crecer y avanzar. Comprendiendo que no todo siempre sale como queremos. Que no podemos tenerlo todo perfectamente calculado, que hay cosas que no dependen de nosotros, pero sí el cómo las afrontamos; y aunque me haya costado tiempo entenderlo, ahora lo sé. Y por primera vez en años me siento bien conmigo misma, no dejo que las emociones me controlen y me superen, las canalizo de una forma que no me hagan perder quién soy, qué quiero y a dónde voy. Soy fuerte, y aunque hace un tiempo me creía la persona más débil del mundo y cobarde, ahora sé que puedo con esto y con mucho más, soy valiente por vivir lo que he vivido, por salir adelante como lo he hecho, y aunque suene arrogante, puedo alcanzar todo aquello que me proponga. Ahora ya nada me frenará.

Soy libre de mí misma, he dejado de ser esclava del dolor y ahora sé que puedo vivir. Y lo haré.

Ahora esta soy yo.



This is me - The greatest showman

miércoles, 8 de febrero de 2017

De vuelta.

Ha pasado mucho tiempo desde que te abandoné, demasiado. Tanto que me da miedo volver, me asusta lo que me voy a encontrar. Miedo a no reconocerme. Miedo a escribir y no saber quién soy. A no recordar dónde está esa chica que amaba esto, y que te amaba a ti. ¿Quién soy ahora? 

Hace más de un año que dejé esta parte de mi vida. Y han pasado tantas cosas... tantas. No sé ni por donde empezar, ni siquiera sé si quiero hacerlo. Pero quiero intentarlo. Al fin y al cabo, siempre acabo volviendo aquí, aquí está toda mi vida, todo lo que soy y he sentido. Mi casa. Donde me desnudaba el alma día tras día y volcaba mi corazón, pero... ¿Y ahora? ¿Tengo algo que dar? ¿Puedo entregar algo? ¿Puedo aportar alguna cosa? No lo sé. Tendré que descubrirlo y arriesgarme, quizás hacerlo sea la única manera de encontrarme, o no, pero valdrá la pena intentarlo. 

¿Por qué no escribir si esto era (y es) mi vida? ¿Por qué no hacerlo? ¿Por miedo a no ser lo suficientemente buena? ¿Por temor a fallar? ¿Por no saber afrontar la derrota de que nadie te lea? O quizás todo son excusas. Excusas para no ver la verdad, lo que realmente pasa, lo que no te deja avanzar. ¿Quizás me da miedo darme cuenta que si no es de ti no tengo nada más que decir? ¿Qué esto era sólo para ti y que ahora ya no tiene sentido escribir? O quizás sigan siendo más excusas. No lo sé, por eso estoy aquí, para comprobarlo. 

He vuelto.

Quiero quedarme. 
Merece la pena intentarlo.